sábado, 12 de diciembre de 2009

El coronel sí tiene quien le escriba


De Gilberto Vargas Arana, Cronista Municipal de Nicolás Romero, Estado de México, reproduzco a continuación un trabajo fechado en diciembre de 2003, acerca de Nicolás Romero, el personaje histórico.


Queréndaro, antigua hacienda de jesuitas, es la más rica y valiosa finca de laboren el oriente de Michoacán… Pertenecía entonces a la familia Pimentel, cuya adhesión al imperio era notoria. Tan luego como el administrador de la finca supo la aproximación de los chinacos, pidió auxilio al general Márquez… El edificio estaba convertido en una verdadera fortaleza.
Al presentarse Nicolás Romero, envió a un indígena con una comunicación al administrador de la finca, incluyendo la boleta de contribuciones y solicitando el pago. Aquel infeliz indio fue fusilado en el acto en el patio de la hacienda y colgado su cadáver.
Indignado Nicolás Romero y Morales, ordenaron el ataque, y ya lanzaban dos pequeñas columnas de infantería sobre la hacienda, cuando se presentó el padre Guevara, cura del inmediato pueblecito de Queréndaro, advirtiendo a los liberales que dentro de la hacienda había más de quinientos hombres, ocupando las alturas y detrás de todas las aspilleras. Hubiera sido exponer la tropa a una derrota segura… Romero se limitó a enviar al alférez Tito Flores para que con seis fuera a recoger el cadáver del indígena, lo que verificó entre un torrente de balas que le dirigieron de la casa… La tropa de Zitácuaro continuó en el acto su retirada; pero de repente se oyeron tiros y se echó de menos, entre los jefes, a Nicolás Romero. La angustia fue general; por fortuna duró pocos minutos, porque el guerrillero, con diez o doce de los suyos, no tardó en aparecer arreando treinta magníficos potros que estaban en un potrero contiguo a la hacienda. Dirigiéndose al comisionado fiscal, le preguntó:
-¿De cuánto era la boleta que debía pagar Queréndaro?
-¡De mil pesos!
-Pues aquí tiene usted estos caballos que valen más de dos mil pesos. ¡A ver con quién manda usted el recibo!
Todos acogieron con risotadas y vivas estas palabras de Nicolás Romero.

La vida del Coronel Nicolás Romero se sucede épica, como una narración para ser contada como la leyenda de un héroe personal y nacional, así recrea el episodio Eduardo Ruiz en Historia de la Guerra de Intervención en Michoacán, porque el Coronel Nicolás Romero sí tiene quien le escriba, lo hacen contemporáneos y modernos, historiadores y periodistas, poetas y literatos, Juan Mateos, Antonio Albarrán, Juan de Dios Peza, Daniel Moreno y Fernando del Paso entre otros se suman a Ruiz y al principal constructor del alma íntima y retrato guerrero del Coronel, al General Vicente Riva Palacio, quien lo inmortalizó en su novela Calvario y Tabor, y a quien Nicolás Romero se le presenta a la cabeza de cien jinetes y se puso a sus órdenes, para convertirse en el caudillo de los jefes de la guerrilla que combatieron a los intervencionistas del Imperio de Maximiliano y Carlota.
Era de treinta a treinta y cuatro años, mestizo en que predominaba la sangre indígena, su color era obscuro y terso, lampiño, de ojos pardos que de cuando en cuando relampagueaban, llenos de fuego, pero que de ordinario miraban humildemente. Era bajo de cuerpo, delgado y tenía en el carrillo derecho una pequeña cicatriz, consecuencia de una herida que recibió, durante la Guerra de Reforma,en un combate cerca de Cuernavaca. Retraído en su trato, su aspecto parecía el de un hombre enteramente pacífico. Vestía de tricot negro y sombrero de fieltro. Cualquiera al verlo, habría creído tener al frente a un humilde vicario de cura.
Tierra de Nopala, entonces estado de México, que el día 6 de diciembre de 1827, cuando aún persistían las contradicciones de un nuevo país, dio bautizo al hijo de una nación que luchó por su segunda guerra de independencia, contra la nación de los hasta entonces mejores soldados de la herencia de Bonaparte, contra la Francia que sucumbió ante la fuerza del liberalismo juarista para hacer posible, luego de tanta sangre destilada por su territorio, la República Restaurada.
Monte Alto, Zitácuaro, Mineral del Oro, Toluca, Metepec, advierten senderos como hilos de batallas, donde el Coronel Nicolás Romero deshizo nudos para extender hasta nuestros tiempos, una memoria tan viva, tan sentida, que hoy se expresa de la manera noble al ser, a través de la expresión cultural en un acontecimiento que este municipio hace emblemático, el Tercer Festival Cultural Internacional Coronel Nicolás Romero.
El calendario de Galván de 1866, registró la efemérides del Patíbulo de Mixcalco del año anterior:
El 17 de marzo de 1865 a las diez de la noche se les leyó la sentencia; a Romero le preguntaron si quería recibir los auxilios espirituales, y dijo que prefería dormir.
En la mañana del día 18 salieron los presos de la capital y caminaron hasta la plazuela de Mixcalco, lugar de la ejecución… Romero iba fumando un puro; a su lado el comandante Higinio Alvarez, jefe que había sido de sus exploradores, y detrás el alférez Encarnación Rojas y el mariscal Roque flores, sus compañeros de martirio.
Los cuatro se presentaron con tanta sangre fría y con tan orgulloso desdén, como si no fueran a morir.
Un sargento francés dio a Romero el tiro de gracia, y sin embargo, como si aquella alma de gigante no hubiera podido desprenderse del cuerpo, el conducir el cadáver de Romero a su última morada, hizo un movimiento tan fuerte, que rompió el ataúd en que lo conducían sus verdugos.
El pueblo se dispersó sombrío y cabizbajo.
Pero hubo un pueblo que levantó desde Monte Bajo el rostro con orgullo para llamarse desde el año de 1898, Nicolás Romero, cuyos hombres y mujeres escrituran las más valiosas narraciones del Coronel, las historias de nuestras vidas unidas.
Nicolás Romero vale mil historias para ser contadas, y parafraseando al poeta Carlos Pellicer, “Hoy tengo vida para mil años”, Hoy tengo vida para mil Nicolás Romero.
Ciudad Nicolás Romero, a 2 de diciembre del 2003.

Ilustración: El coronel Nicolás Romero. Pintura del artista Raymundo Miranda, en 2006, resultado de investigación documental realizada por el Lic. Gilberto Vargas Arana, Cronista Municipal. La imagen preside la Galería Presidentes, inaugurada en la sala de cabildo del H. Ayuntamiento de Nicolás Romero, el 10 de agosto de 2006.

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