martes, 16 de marzo de 2010

18 de marzo: Muerte de Nicolás Romero


Nicolás Romero fue capturado por las fuerzas imperialistas a finales de enero de 1865, en Michoacán. Fue trasladado a la ciudad de México, donde se le juzgó por las cortes marciales y finalmente fue fusilado en la plaza de Mixcalco,el 18 de marzo de 1865.


Del libro "Nicolás Romero, guerrillero de la reforma, se Antonio Albarrán, publicado en 1895, reproduzco la parte final, donde se nos cuenta del juicio y fusilamiento de Nicolás Romero.


Antonio Albarrán fue uno de los biógrafos de Nicolás Romero. Nació en Toluca hacia el año 1865. Fue un importante pedagogo del Estado de México. Nicolás Romero, guerrillero de la Reforma no se trata de una biografía en toda forma, es más bien una semblanza literaria escrita con amor y con los pocos datos que su autor pudo recoger personalmente de aquellos que conocieron al León de las Montañas. Pese a todo, sigue siendo uno de los documentos más importantes para conocer a nuestro personaje.

Título: Nicolás Romero, guerrillero de la Reforma. Capítuli IV.
Autor: Antonio Albarrán
Cuadernos de Identidad, Nicolás Romero, México, mayo del 2009.
Ilustración: Guerrillero republicano "chinaco" ante una corte marcial francesa. Tomado del "Cancionero de la Intervención Francesa" INAH, México, 2002.


El 16 de febrero de 1865 llegaba a México en compañía de diez de sus soldados, únicos supervivientes de la catástrofe en que había perecido la guerrilla.
Todos fueron entregados a corte marcial para su juicio.
Como la misión de ese siniestro tribunal era condenar a muerte a todos los acusados que se sometían a su jurisdicción, sospechóse en el acto cual era la suerte que se le esperaba a Romero, y se hicieron sin demora esfuerzos indecibles para salvarlo. Pronto llenó la ciudad un ambiente de simpatía que en vano trató de contrarrestar el Imperio con rumores calumniosos en contra de aquel.
Pero no por eso mejoraba la perspectiva de la suerte reservada al prisionero.
El diecisiete de marzo la gente se agitaba en la calle de San Juan de Letrán y entraba en masa en el edificio en que el tribunal de muerte dictaba sus inalterables veredictos. La sala tenía un aspecto sombrío en consonancia con su objeto, Los jueces, inmóviles pero implacables como el destino, ni siquiera se dignaban escuchar. ¿Para qué? Ya sabían que su deber era condenar a muerte indefectiblemente. En vano el fiscal Lafontaine, formulaba su requisitoria en la tribuna con acento monótono, sin subir ni bajar la voz, sin ardimiento de la convicción puesto que no existía; su misión era ya una práctica, un oficio, una entonación rutinaria y salmódica de los mismos cargos, hechos en poses aprendidas de memoria y sin cambiar palabras.
Para el fiscal Romero era un brigand, un bandolero, un malhechor; y había necesidad de ser muy severo con él, porque para eso habían venido los franceses, para acabar con la brigandege. En definitiva pedía para Romero y sus compañeros allí presentes la pena de muerte. Los procesados mostraban en la desgracia un estoicismo sereno que en nada desmentía su nombre de valientes y sufridos.
El sordo murmullo de cólera que en el público allí reunido produjeran las conclusiones del fiscal sólo era comparable con el que había producido la declaración del único mexicano que se mostró sañudamente hostil a Romero en su proceso; ese mexicano lo era Don Manuel Echávarri, dueño de aquel caballo en que Romero había huido de sus perseguidores cuando su mala estrella le había hecho herir en una riña a un panadero. El transcurso de siete años, la nacionalidad y el carácter repulsivo del tribunal que Echávarri tenía delante, los servicios prestados a la Patria por Romero, su conducta intachable como soldado, la popularidad de sus hazañas, la efervescencia que en su favor reinaba en la ciudad, los ruegos de muchas persona, nada de esto bastó para que aquel inexorable testigo tuviera un instante de generosidad y no declarase contra Romero. En más que en todos esos estímulos, que debían inclinarle a mostrarse magnánimo, estimaba sin duda la pérdida de su caballo. La nube suspendida sobre la cabeza Romero, en forma de aborrecimiento de un hombre. Por un leve daño causado a éste fatalmente, lanzaba al fin su rayo aniquilador.
El testimonio de Echávarri fue el único que decidió de la suerte del guerrillero, pues el de los franceses que, a cambio de la vida que éste les había perdonado una vez, fueran a declarar en su contra, no tenía valor ninguno: esos testigos no eran más que comparsa en aquella lúgubre representación.
La Corte Marcial pronunció en definitiva su acostumbrada sentencia de muerte contra Nicolás Romero y sus tres compañeros y amigos: el comandante Higinio Álvarez, el alférez Encarnación Rojas y el sargento Roque Pérez.
Al siguiente día, a las seis y media de la mañana, Nicolás Romero y sus tres oficiales eran pasados por las armas en la célebre plaza de Mixcalco.
La muerte de aquellos soldados de la patria había sido tan digna como su vida.
La valerosa abnegación y la serenidad perfecta de las víctimas delante de la muerte, habían despertado inmenso remordimiento en el ánimo de los verdugos, si éstos no hubiesen estado connaturalizados con la injusticia, la crueldad y el crimen.
El sacrificio estaba consumado.
Y he ahí como un pobre ciudadano, un oscuro tejedor, un humilde hijo del pueblo ennoblecido por la lucha y engrandecido por el holocausto, ha llegado a ser uno de los hijos inmortales de la República.

2 comentarios:

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